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Una cuestión de voluntad política
Vida Rural Núm. 304. En Carta del Director. Marzo de 2010
09-3-2010
Jaime Lamo de Espinosa - Director de Vida Rural

"Hay dos hechos que están ocasionando un grave deterioro de las rentas agrarias; por un lado la relación entre precios percibidos y precios pagados que se ha ido deteriorando desde 1990, y por otra parte los márgenes entre los precios al agricultor y los precios al consumo que se han ido comprimiendo, reduciendo así los ingresos agrarios"

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Jaime Lamo de Espinosa
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Querido lector:

Por diversas circunstancias he estado en las últimas semanas con bastantes agricultores, grandes y pequeños, cultivadores directos y personales o que dirigen sus explotaciones, en diversas regiones y de diferentes cultivos, que forman parte de cooperativas o no, era igual, el desánimo que me transmitieron me llenó de desazón y de seria preocupación. Desazón porque escuchaba lo mismo que yo pensaba sobre mi propia experiencia productiva agraria. Y preocupación porque ninguno, ellos o yo, veíamos una salida a corto plazo clara, determinada.

Los precios de los cereales -para unos- no animan a la producción ni permitirán rentabilidades en su cultivo como en años anteriores, otros me hablaban de rentabilidades negativas debido a fuertes costes productivos. Los de olivar contaban los daños de este año pasado y sus bajos precios. Los del viñedo -entre los que me encuentro- me hablaban de lo que ya sufro: precios muy bajos, casi un tercio de los de hace dos años y un sexto de los de hace diez años. Y lo que es; peor eso lo contaban viticultores de las denominaciones de origen que han sido en los años pasados las más rentables y productivas. Y así sucesivamente. Y si uno mira las estadísticas ¡qué contar!

En ese contexto, alguno me hizo notar cómo en las últimas iniciativas para salir de esta profunda crisis no se había visto ninguna propuesta relativa a la agricultura o la ganadería que diera esperanzas de futuro al sector, que no aparece mencionado en la larga y extensa Ley de Economía Sostenible o que no formó parte de los discursos del debate reciente en el Congreso sobre la crisis y sus soluciones. De ahí la desazón, el desánimo.

Y sin embargo -veamos la parte positiva- la agricultura sigue siendo necesaria; un país como el nuestro no puede dejar a su suerte a un sector tan crucial, tan estratégico; debe seguir apostando por un cierto grado de autoabastecimiento y sobre todo por una fuerte corriente exportadora; tenemos sectores dinámicos y muy respetados, notorios, en el exterior (vinos, aceites, frutas, hortalizas, porcino, etc.); hay buenos, colosales profesionales; una industria agroalimentaria competitiva, pujante y con marcas -algunas- muy poderosas, cuyo esfuerzo debe acentuarse en marca propia, innovación y aumento de dimensión; una alta tecnología agronómica de la que cabe obtener más resultados en el corto plazo; una gran capacidad para generar otras actividades vinculadas al medio rural vía ocio (caza, rutas enológicas o gastronómicas, etc.)  que cabe impulsar aún más, etc.

Pero también es cierto que hay dos hechos que están ocasionando un grave deterioro de las rentas agrarias; por un lado la relación entre precios percibidos y precios pagados que se ha ido deteriorando desde 1990, y por otra parte los márgenes entre los precios al agricultor y los precios al consumo que se han ido comprimiendo, reduciendo así los ingresos agrarios. Pero esta situación podría transformarse en el marco de acuerdos interprofesionales productores-distribución si la Comisión Nacional de la Competencia lo facilitara. Es posible hacerlo.

Y también es cierto que las Administraciones autonómicas están acentuando una deriva intervencionista sobre los administrados, en este caso agricultores, mediante controles de toda índole lo que hace más y más enojosa la actividad e impulsa al abandono. Y lo curioso es que esos controles han ido en detrimento de las funciones de apoyo tecnológico o de formación a los sectores, que era lo tradicional. Y es posible invertir esta situación si se quiere.

Por ello creo que tenemos muchas más fortalezas y oportunidades que esas debilidades y esas amenazas que pueden ser superadas. No debemos sumirnos en la melancolía o la desesperanza a la que aludía al principio. Es cuestión de voluntad, de todos y sobre todo de voluntad política. ¡A por ello!

Un cordial saludo

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Comentarios

Álvaro de Castro. 11-3-2010
Pero si sólo basta con mirar lo que se está al Norte de los Pirineos y un poco más arriba. Y NO COPIAR lo que hacen, sino ver cuál ha sido el proceso de adopción de alternativas. Y aprender a analizar y estudiar, de una vez, qué alternativas podemos plantear para elegir la que nos venga mejor. Y que no va a ser la misma en Sevilla que en Badajoz que en Burgos ó Lérida. Simplemente, ser profesionales en la gestión de nuestras fortalezas y debilidades. Y dejar de llorar.

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